domingo, diciembre 19, 2004

 

Hogar VI

Los dos siguientes años no fueron mejor. Ya ni me acordaba lo que significaba Hogar. En vez de unirnos, mi madre y yo empezamos una relación un tanto dura para las dos. No podíamos estar mucho tiempo juntas sin que empezáramos a gritar. Yo continuaba con el psicólogo al que mi padre me había llevado desde la mierte de mi hermano, pero creía que lo necesitaba más mi madre. Estaba siempre a la defensiva y yo ayudaba a que se pusiera histética. José, un muy buen amigo de papá, empezó a venir todas las noches a cenar con nosotras. ël vivía en el piso de al lado, donde había vivido mi papá noel particular.
La mirada de José hacia mi madre fue cambiando. Antes la miraba con pena en los ojos, pero ahora había algo más en su mirada. Yo me iba pronto a cama con la esperanza de que él la hiciese feliz, porque yo era incapaz hacerla feliz como hija. Ella estaba tan metida en su dolor que no se daba cuenta de como él la miraba. Llegó el día en el que él se declaró, lo que a mi madre le sentó como un jarrón de agua fría. No sé cuantas noches se pasarían hablando, pero un día en el que llegué a casa ella me sentó y me lo contó. Me aseguró que si yo me oponía, ni siquiera volvería a entrar en casa. ¿Cómo me iba a interponer a su bienestar? Además los unicos momentos de tranquilidad y en el que me sentía en mi hogar, era cuando él estaba y las aguas se calmaban. Se vino a vivir con nosotras al poco tiempo. No paraba de decirme que él no iba a sustituir a mi padre. ¡Qué tontería, claro que no!
Decidieron volver a su tierra, a Galicia. Yo contaba con 14 años y eso no me hizo ni pizca de gracia. ¿Cómo me podían hacer eso? ¿No había sufrido bastantes cambios? En eso no me pidieron mi opinión. En cuenstión de pocos meses ya estábamos de camino. Recuerdo como iba caminando por las calles los ultimos días con lagrimas en los ojos y cómo me despedí de mi hogar. Mi hogar no sólo era ese piso, sino también mi colegio, mis compañeros y amigos, mi calle, mi barrio, mi ciudad. Cuando llegué y nos instalamos, también consideré mi hogar mi lengua, con la que ahora ya no me podía comunicar.
Mi primer colegio fue uno del Opus Dei, donde la verdad y con perdón, las pasé putas. Me daba la sensación que alguien me estaba castigando dia tras dia. Mi segundo colegio gue también uno privado, aunque yo no estaba acostrumbrada, siempre había ido a públicos, tengo que reconocer, que allí conocí a gente que aun hoy en dia son muy importantes para mi. Pero no fue fácil. Mi primer año fue un año perdido, desde el punto de vista académico. Me resultó más que dificil cambiar el alemán, el dialecto, italiano y francés por español, gallego e inglés. En mi segundo año, a la edad de 15 años me ví en una clase de 8º de E.G.B. donde los niños tenían dos años menos. Asistía a clases de 8º pero también me examinaba de algunas asignaturas de 7º.
Llegué a mi segundo colegio bastante desanimada, y las niñatas no me lo ponían fácil al principio. De esas niñatas salieron mis cuatro soles.
En casa las cosas no iba del todo mal, ya pasado el primer año y medio o así. Iba en vacaciones a Zürich un mes o mas, y eso me hacía recordar que ya no tenía hogar. Me estaba perdiendo cosas allí y ya no era lo mismo y aquí no viví otras muchas. Allí era la española y aquí era la suíza. Era una sinhogar.


sábado, diciembre 18, 2004

 

Hogar V

Él ya se había ido a vivir con mi abuela a la aldea. Se iba a curar y alejarse de toda esa pesadilla. Acudía a un psicologo que tenía más fe en él que él mismo.
Mientras tanto, nosotros seguíamos allí, a 2000 kilómetros. Pronto llegó el momento en el que mis padres necesitaban verlo tanto como yo y nos fuimos el mes de octubre. En el colegio no pusieron ningún tipo de inpedimento. Fui por primera vez a las fiestas del San Froilán a Lugo. Los cuatro juntos. Nos habíamos quedado en casa de una tia mía. Mi prima que era unos años más pequeña que yo, parecía entenderse muy bien con mi hermano. Ahora era yo la que tenía ganas de arratrar a alguien por los pelos para que se alejara de él.
Recuerdo dormir con él. Como él me tocaba el pelo para que me quedara dormida y me callara por fin. Como montábamos los dos en bici por la aldea. Como íbamos al río a cazar sapos, y como lo queria y necesitaba aun estando a su lado.
Había que volver y volvimos a nuestro hogar lejos de él. Y todo volvía a ser igual, igual de triste.
La noche del 14 de marzo del 1991, me desperté al oír a mi madre llorar. Que lloraba me lo supuse porque fue la primera vez en mi vida que la veía llorar. Estaba sentada en el sofá de casa, sosteniendo el teléfono con una mano y con la otra su corazón. Su llanto se asemejaba al de un animal herido, pero aun con fuerzas para que le saliesen un ultimo grito de dolor. Me asustó verla así. Me puse delante de ella y me dijo en español "Sonja, Toñito... Toñito... Toñito" No entendía nada. Sólo el nombre de mi hermano hasta que dijo la última palabra, "muerto". No sé si siguía teniendo alguien al otro lado del teléfono pero ella no lo soltaba pero tampoco hablaba. sólo lloraba. No sé si fue ella la que despertó a papá o él también le había pasado como a mi. Me metí en el baño grande. Me metí en la bañera y ahí sentada estuve hasta que me vestí para coger un vuelo.
En el avión, mi padre y yo en silencio. Mi madre rezaba por lo bajo.
Llegamos a casa de mi abuela donde se celebraba el velatorio. Yo nunca había asistido a uno. El comedor de arriba se había tranformado en una pequeña capilla. Revestido con alfómbras, imágenes religiosas y velas. Señoras mayores vestidas de negro rezaban. Algunos mienmbros de la familia tambien, los demás fuera de la casa. Su hogar ahora era una caja de madera a la que me asustaba acercarme. Aun así lo hice. Con la mala suerte que justo en ese momento se le escapó una lágrima. Yo me puse nerviosa y le gritaba que parara de jugar que la gente pensaba que estaba muerto, pero era obvio que no lo estaba, los muertos no lloran. Los muertos no lloran. Los muertos no lloran. Los muertos no lloran, pues él sí lloró. Al intetar avisarle de su peligro, le toqué. Tenía el tacto de mármol y mi mano se impregnó de un olor desconocido. Tarde meses en sacarme ese olor de mi mano, o tal vez de mi cabeza. Fui a mi primer funeral. Y allí lo dejamos. Sólo.
Volvimos a nuestra casa.otra vez en el avión mi padre y yo en silencio, mientras mi madre rezaba. No rezaba por el alma de mi hermano, sino que, le pedía a Dios que nos llevara con él también.
Papá ya no tenía ganas de nada, sólo de que me sentara en sus regazos y le abrazara. Yo le decía que ya tenía doce años, pero mientras se lo decía apoyaba mi cabeza en su hombro.
Ese verano fue un verano muy extraño. No los lo pasabamos bien. Ni siquiera íbamos de buena gana a la playa, pero mamá nos obligaba a ambos. ël se quedaba en la sombra de unos árboles, mientas yo estaba en el agua y mamá dando paseos a la orilla. Fueron unas vacaciones solitarias.
El 31 de agosto del 1991, mi padre cumplía 48 años en el hospital. Le compramos 48 rosas rojas, las cuales el aceptó. Lo que me pareció raro porque decía que las flores sólo se le regalan a los muertos.
Era martes 10 de septiembre y mi madre me dijo que después del colegio me fuese a dormir a casa de Eva. Eva fue compañera mía del colegio. No lo entendí. Me dijo que se iba a quedar con Papi en el hospital. Seguí sin entender porque no podía pasar la noche en mi casa.
Al llegar a casa de Eva, me encontré con su madre esperándonos en la entrada. Lo entendí todo. Ya se había ido. Me sentía otra vez traicionada por él como el día en el aeropuerto.
Su caja, al tener que ser trasladado en avión, era de hierro o algo por el estilo. No podías tocarlo porque estaba sellado. Sólo se podía ver su carita por un cristal. Fui a mi segundo funeral. Y allí lo dejamos. Sólos.


martes, diciembre 07, 2004

 

Hogar IV

Las cosas tomaron un rumbo differente. Papá empezaba a pasar más tiempo en casa a causa de su enfermedad. Todo lo contrario pasaba con mi hermano. Ël era con el que más tiempo pasaba hasta que su vida fuera de casa empezó a cambiar lo que llevó a que su vida hogareña también cambiara. Yo intentaba que nadie se diera cuenta que yo sí me estaba dando cuenta lo que estaba pasando. Al fin y al cabo era quién más conocía y aunque no tenía edad para ver ni oír ciertas cosas... sí lo hacía. La única explicación que recibí fue que él también estaba enfermo. Pasaba semanas sin verlo y eso me cabreaba. Un verano vinimos de vacaciones y en esas vacaciones yo recibiría la primera comunión. Ël no vino. Ni una llamada. Mi enfado con el mundo era cada vez mayor. Papá ese día tampoco lo pasó muy bien. Ya llevaba varios años luchando contra el cáncer y fue por esa época donde su físico delataba su malestar. Mamá, tan radiante por fuera como siempre y de luto por dentro. Una vez de vuelta de las vacaciones, esperaba ver a mi hermano en casa... pero no se dió. Papá al poco tuvo otra recaída y se quedaba varias semanas en el hospital.
En las temporadas que mi hermano estaba fuera de casa, venía a darse duchas y coger ropa limpia cuando sabía que sólo yo estaría en casa. Al principio, yo intentaba que mi madre no se diera cuenta y me encargaba de la ropa que él dejaba atrás... atras, atrás me dejaba a mí, cual ropa sucia. Intentaba convencerle que se quedara. Después ya no, ni lo intentaba convencer de nada, ni me encargaba de su ropa, simplemente lo echaba al cesto de la ropa sucia. Me había cansado de lavarle su suciedad. Empecé a pensar que él era el quería estar enfermo.
El hogar dejó de ser hogar. Mi padre aunque débil, se seguía sintiendo el cabeza de familia, cuando un domingo salimos los tres de casa y nos fuimos al "hogar" de mi hermano. Era un parque. Pero no uno de estos donde las familias van a pasar una tarde de domingo. ERa donde la gente enferma como él se aislaban del mundo que los rodeaba. Nada más entrar, mi cuerpo se quedó helado. cuerpos tendidos, miradas perdidas y un silencio mortal. yo iba casi arrastrada por mis padres, y yo arrastraba las hojas de los árboles caídos. Intentaba ver lo menos posible, mientras ellos buscaban sin decir palabra a su hijo. Los árboles desnudos, esqueléticos eran amorfos como los cuerpos sin alma que rendaban por ese sitio. No lo encontramos y los domingos dejaron de gustarme. Aún hoy en día los prefiero pasar en mi casa.
Asi pasaron los meses, con idas y venidas de los dos hombres más queridos por nosotras. Cada vez mi padre pasaba más tiempo en el hospital y mi hermano en el parque, supongo. Habían cambiado nuestro hogar. Todo eso hizo que mamá pasara también más tiempo en el hospital. Yo también iba mucho, pero no me gustaba. El hospital se había convertido en ese parque sin vida. Prefería quedarme y cuidar de lo que quedaba de nuestro Hogar.
Las cosas fueron a peor cuando mi hermano timbró un día a la puerta. Me pedía su pasaporte. Vino con su novia. Nunca me agradó. Pensaba que en ella residía todo sus males. No andaba muy descaminada, pero ahora sé que la única novia que tuvo se llamaba Heroína. Él me contaba nervioso que tenía un problema. Le vi una brecha en la cabeza, arañazos y moratones. No pregunté más de lo que él me quería decir. Debía dinero. Le habían dejado sin consciencia y pensando que ya no vivía lo dejaron tirado en donde un domingo le habíamos ido a buscar. Llamé a mi madre. Estaba asustada. Ella estaba en el hospital. No sé si trabajando o haciendo compañía a mi padre. El hogar de mi madre también se había convertido el hospital. Yo le expliqué que se quería volver a España, al hogar de mi abuela, la que para él siempre había sido como una madre. Mi madre estaba cansada y me dijo que se lo diera. Ella no se lo creyó. Pensó que lo volvería a vender, pero me dijo que se lo diera igualmente. Le dije a ella que esperara en el salón mientras él me siguió hasta mi habitación. Saqué su pasaporte de unos de mis escondites. Cuando él vió donde lo había cuardado sonrió. Antes de dárselo le ofrecí todo lo que estaba en mi hucha. No lo aceptó. Nos abrazamos y se fueron. Me sentí totalmente abandonada. Echaba de menos el cuarto donde dormíamos los cuatro juntos.

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